domingo, octubre 08, 2006

Critica en ABC

El collar de los cuentos

Por José María Pozuelo Yvancos.


El libro de Irene Gracia no debe pasar inadvertido. En el sentido inmediato por lo que una obra ambiciosa tiene la primera responsabilidad de ofrecer: estar muy bien escrita y alcanzar a la vez una dimensión de originalidad. Pero en un sentido más mediato, habría que llamar la atención sobre la manera cómo tres escritoras españolas hanofrecido en un un par de años, un abanico muy sugerente de formas con las que avanzar apuestas arriesgadas en la narrativa. Me refiero a Menchu Gutiérrez, con Disección de una tormenta, Cristina Fernández Cubas con Parientes pobres del diablo y éste de Irene Gracia.

El mercado por supuesto las ignora, porque no es el tipo de escritura que pueda plegarse a un bestsellerismo poco complaciente con la complejidad, pero es un hecho destacable que hayan sido escritoras las que hayan ofrecido algunas de las apuestas más renovadoras, cada una por su lado, pero coincidentes en el poder de la inventiva no realista vinculado a una apuesta temática donde se explora lo onírico, lo diabólico, los lados oscuros del imaginario. El libro de Irene Gracia se sitúa frente a un tema de prosapia crecido en el tiempo en el que se sitúa la historia: los finales del XIX y comienzos del XX cuando cobra relieve, al calor de los avances cietíficos, la construcción de humanoides, expuestos en ferias, y en las Exposiciones Universales, como la famosa de París que alumbró la Tour Eiffel. El asunto es muy anterior y ha recibido tratamientos en nuestra literatura. Curiosamente otra novela de este mismo año, El autómata de Adolfo García Ortega, lo trata en el XVI, y en años anteriores lo hizo situada también en época de los Austrias, Juanelo o el hombre nuevo de Jesús Ferrero. Para Gracia el tema de la construcción de autómatas va cruzando diferentes etapas, que verán aparecer las figuras de Alejandro Magno, de Leonardo, de Descartes, de Julio Verne, de Freud. Es decir, va recorriendo etapas distintas de una mitología, la creacionista, la alianza de la técnica y la ambición por el dominio de lo humano. Unas veces esa mitología es simplemente onírica, y se resuelve en el pacto con el diablo, otras veces ha dado lugar a ingenios realmente fabricados.

Dar vida. Tan amplio recorrido proporciona el inconveniente mayor del libro: la difícil cohesión de las historias que no siempre se logra sin artificialidad. Pero tal inconveniente se salva con la disciplina de evitar leerlo como si se se tratase de una novela convencional. Esa cierta artificialidad de los vínculos, nos devuelve a una tradición narrativa como la de la novela-marco, que funciona como un collar de cuentos hilvanados, todos ellos espléndidos, y que se deben leer sin afanarse porque funcione demasiado bien la estructura de red, que es una convención, para dar trama al brillante ejercicio de mitos sobre los que el libro discurre y que podría denominarse La familia del cuentacuentos. La estructura marco, con la historia de Anatol Chat, está en negrita, y deja en letra versal los diferentes cuentos que alberga, a cual más eficaz y hermoso. Tienen la forma, lo recuerda la moraleja demandada por el oyente a su cierre, que tienen las colecciones de cuentos medievales.

Las historias se van sucediendo, según Irene Gracia ha discurrido, por los asuntos centrales del alma y los mitos de la creación humana: el origen del hombre y la mujer (al modo del Génesis), la ambición (el rey Midas reelaborado), el bien y el mal (la manzana de la discordia), el mito de la creación artística (las Musas), la contraposición arte/amor o en el cuento que narra Horacio moribundo a su hijo, el pacto con Mefistófeles para alcanzar la belleza total, etc. Hay otros: he espigado tan sólo algunas cuentas del collar que ofrece en este libro un recorrido hermosamente ilustrado por algunos de los mitos que, en forma de cuento o de fábula, se van acumulando para dar la almendra del corazón humano, epoca a época, y siempre con un leit motiv: el de la muerte, porque el otro mito, el que sirve para dar forma al hilo conductor, el de la familia de Horacio y Anatol Chat, vuelve al motivo recurrente que animó el Frankenstein de Mary Shelley: la construcción del alma que pueda dar vida al cuerpo de un automáta. En esta novela se logra, y resuelve, la forma trágica distinta a la del romántico monstruo. Se ofrece aquí su envés: el designio de la Belleza, que tal vez sea la otra cara, no menos desasosegante, del que creó Mary Shelley. Ambos con idéntica ambición de reclamar al padre que lo ha creado su sentido y su posesión.

Irene Gracia esboza una conclusión que permite leer su novela en una dimensión asimismo metaliteraria: quizá no quepa otra forma de decir el sentido de la ficción que esta manera de hilvanar con las palabras la construcción de automátas, que poseen a su dueño, y que tienen encerrados en sí, como personajes que pueblan la familia literaria, el secreto escondido de las mentiras, los deseos, las obsesiones, los sueños. Se resuelve el enigma que la novela esconde si concebimos la circularidad y contigüidad de la Creación con máyuscula y la creación con minúscula. ¿Quién no tiene algo de autómata y quién no es personaje soñado por alguien, único señor de los hilos que llamamos vida?

Suplemento cultural de ABC, Sábado, 7 de Octubre de 2006

martes, octubre 03, 2006

Le Desert de Retz


Le Désert de Retz es una propiedad del siglo XVIII ubicada a las afueras de París, un espacio microcósmico creado por Monsieur de Monville, caballero hedonista de la corte de Luis XVI con alma de bailarín. En un terreno de 38 hectáreas se esparcen más de 20 folies, construcciones estratégicas destinadas a elevar el alma del paseante; todas ellas son de autoría incierta: se especula con que el conjunto pudiera haber sido diseñado por Boullée e incluso que fuera dictado por un ritual masónico.

Un inventario de estas folies incluiría una entrada al recinto simulando un grotto; una ruina de templo clásico, el Templo de Pan; la ruina de una iglesia gótica; una casa china con interior afrancesado; un establo; una Isla de la Felicidad con una tienda tártara ubicada en su centro; una tumba; una pirámide que sirve como almacén de hielo de los Alpes; un obelisco; un teatro al aire libre; una construcción neoclásica, llamada Templo del Reposo; un puente rústico, y dos lagos artificiales…


Pero sin duda de este conjunto sobresale La Colonne Détruite, una torre con forma de columna en ruinas de 25 metros de altura. En sus cinco pisos se disponen una serie de habitaciones ovaladas o circulares alrededor de una escalera cilíndrica central iluminada por una claraboya superior. Ventanas de diversas formas se reflejan en los espejos, ofreciendo cambiantes vistas al recorrer el pasillo circular interior.


El señor de Monville llegó a instalar aquí su vivienda, y fue lógicamente muy apreciada por André Breton y los surrealistas, pues como acertadamente dice Gustau Gili Galfetti en su excelente libro Mi casa, mi paraíso, la construcción del universo doméstico ideal (Barcelona, 1999), la Columna Destruida “invierte la jerarquía de escala llevando el concepto de la falsa ruina a un extremo surreal”.

La Colonne Détruite podría ser la casa de mis sueños y de mis pesadillas. Aquí ubiqué el cuento Los Sustanciales, de mi novela El Coleccionista de Almas Perdidas. En él se narra la historia de una cofradía de seres creados por la mano del hombre que cada año se reúnen en un jardín diferente: desde el jardín del edén hasta el del fin de los tiempos.

El último encuentro de Los Sustanciales tuvo lugar en este espacio mágico de Chamburcy, sin duda porque allí encontraron el cobijo que sólo el arte de la arquitectura puede ofrecer. Este espacio simbólico es un sueño de piedra, la escenografía real y perfecta para que estos seres virtuales vivan su propio paraíso o su propio infierno.



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miércoles, agosto 02, 2006

Uno de los cinco libros para el verano

Nuño Vallés, crítico literario de El Confidencial.com, valora El Coleccionista de Almas Perdidas como uno de los cinco libros para el verano, "cinco títulos que reúnen las cualidades del buen libro estival, acción, emoción y aprecio por el lector. En estos tiempos –literariamente hablando- de misterios evangélicos y marianos, el lector agradece más que lo aprecien, y si además se le ofrece un puñado de horas de diversión, disfrute y hasta aprendizaje, miel sobre hojuelas."